lunes, 15 de junio de 2020

Lectura: PROBLEMÁTICAS SOCIOEDUCATIVAS DE LA INFANCIA Y LA JUVENTUD CONTEMPORÁNEA

PROBLEMÁTICAS SOCIOEDUCATIVAS DE LA INFANCIA Y LA JUVENTUD CONTEMPORÁNEA

Juan Carlos Jurado Jurado

El mayor valor social y cultural que se confiere a los infantes como resultado de la reconfiguración demográfica de la familia contemporánea. En ella el valor social y cultural que se confiere a los infantes está en relación inversa con su decreciente número, en familias predominantemente nucleares con pocos, muy pocos hijos. Con respecto al tamaño de las familias, todavía se conserva la imagen de una numerosa familia antioqueña que las estadísticas desmienten para la actualidad. En este aspecto el salto ha sido bastante agresivo desde los años setenta, por lo cual Colombia se ha erigido en el emblema latinoamericano del éxito de la planificación familiar. Sólo para identificar la tendencia general, puede decirse que de la familia extensa donde convivían tíos, abuelos y hasta primos, cuya presencia pervive en los sectores populares de procedencia campesina, se ha pasado a una familia nuclear predominante que idealiza y absorbe en las figuras del padre, la madre y unos pocos hijos la socialización y la afectividad del hogar.

En Colombia, desde mediados de los años sesenta la fecundidad inició una curva declinante que se estabilizó en los setenta con 25 nacimientos por cada mil. Ello supone que las familias, y siendo más precisos las mujeres, han pasado de tener entre 4.5 y 5 hijos promedio, hacia 1973, a tener hacia 1985 sólo de 2.5 a 3 (Restrepo 1999: 76). En la actualidad las tendencias de procreación en las familias medias urbanas y de clases acomodadas es mucho menor, llegando casi a predominar el hijo único. La familia en su conjunto ha mermado su cantidad de miembros, de modo que ha pasado de siete personas a cuatro y a tres, en los casos del hijo único. El cambio ha sido sorprendente y bastante acelerado, principalmente en las grandes metrópolis. Hasta hace poco los adultos decidían sobre los niños de un modo mucho más espontáneo que ahora y, en general, estaban más influenciados por sus propios pensamientos que por los de los niños, atendiendo a una confesional y rígida moral donde el respeto y la obediencia a los adultos era por sobre todo valorada. La desobediencia a los padres y abuelos era duramente castigada en los hogares antioqueños hasta hace poco.

Desde hace dos o tres décadas, los adultos se encuentran más influenciados por los niños, se ponen en su lugar al tomar decisiones y al hacer una serie de consideraciones, supuestamente psicológicas y educativas, para decidir sobre ellos y “no hacerles daño”, o para no “traumatizarlos”, con lo cual han moderado su poder sobre ellos, perdiendo rangos de autoridad y espontaneidad al tratarlos.

Como resultado de todas estas transformaciones los viejos patrones de autoridad familiar que entronizaron a los abuelos y a los adultos en el centro del hogar se han visto profundamente trastrocados, y los niños, entonces, se constituyen en los nuevos “reyes del hogar”. Este cambio trascendental que afecta la familia y la socialización urbana se percibe particularmente en su historia gráfica. Así lo sugiere Armando Silva al estudiar una serie de 170 álbumes que configuran en un hecho literario, cuyo narrador colectivo es la familia, su imagen propia a través del tiempo. Uno de los aspectos más llamativos que muestra la historia del álbum de familia es el desplazamiento de la representación de los adultos como centro del hogar por parte de los hijos.

En relación con lo anterior, recientemente se percibe que el lugar central, afectivo y psicológico, logrado por los niños en las familias, se plasma también al desplazar a los adultos y abuelos de su hegemonía de autoridad. Al parecer el malestar familiar más evidente con respecto a los niños se muestra por la vía de su capacidad para descentrar y desdibujar los códigos de autoridad del mundo adulto, al cual acceden sin tapujos, pues los medios de comunicación masivos los involucran rápidamente en él, sin las mediaciones que tradicionalmente había previsto la familia para ello.

La forma en que los nuevos dispositivos tecnoculturales, como la televisión y la internet, reconfiguran las relaciones entre adultos e infantes, haciendo que en muchas prácticas de la vida cotidiana éstos se encuentren profundamente inmiscuidos con los adultos, recuerda a nuestra época, que hubo un tiempo, antes de la aparición de la moderna noción de infancia (y aun de la escuela que ha contribuido a construirla), cuando su familiaridad y su intimidad con el mundo de los adultos no era cuestionada, ni problematizada por sus supuestas consecuencias psicológicas y educativas sobre ellos.

Un factor relacionado con la irrupción de los infantes en el escenario social contemporáneo tiene que ver con los nuevos roles económicos y culturales de las mujeres, lo cual ha retraído sus funciones de madres y educadoras de sus hijos. Estas funciones han sido asumidas, en parte, por múltiples instituciones de atención a la infancia en los años iniciales (0 a 6 años), dando lugar a la aparición de un nuevo campo de acción para la educación, a partir de la década de los años setenta, principalmente.

Los nuevos roles sociales de la mujer, que a su tradicional papel de madre ha sumado los de trabajadora y profesional, suponen la merma de hijos y el menor tiempo para atenderlos como se dijo antes, y por consiguiente la prolongación de la educación ya no en la escuela sino en una serie de organismos “preescolares”, que asumen, prolongan y complementan las funciones de socialización que antes eran monopolio de familias y madres.

La extensión y aparición de instituciones educativas por debajo de la franja establecida por la escuela tienen que ver con la manera como en el mundo desarrollado se lograba, hacia la posguerra, ampliar la esperanza de vida de la población y por ello era necesario retardar el ingreso de las nuevas generaciones a la vida productiva, reteniéndolas en los aparatos educativos.

Los jóvenes deberían ser retenidos durante un período más largo en las instituciones educativas. La ampliación de los rangos de edad para la instrucción no es nada más que una forma “inocente” de repartir el conocimiento social, sino también, y principalmente, un mecanismo de control social y un dispositivo de autorregulación vinculado a otras variables”.

Otro de los factores que han contribuido a la visibilización de la infancia como actor social en la época actual, es la reconfiguración que ha sufrido la educación, convirtiéndose en una práctica cultural que compromete todos los lugares y edades de las personas, y que ya no sólo es potestad exclusiva de la escuela.

La visibilidad que logran los jóvenes y particularmente los jóvenes “menores” en la sociedad contemporánea se posibilita a partir del discurso jurídico que universaliza los Derechos Humanos, y bajo los cuales se los convierte en sujetos de derecho para reglamentar su novedosa aparición en la escena pública y sus relaciones con el orden social, por ser supuestamente merecedores de un “trato especial”.


Conociendo a mi equipo

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