PROBLEMÁTICAS SOCIOEDUCATIVAS DE LA INFANCIA Y LA
JUVENTUD CONTEMPORÁNEA
Juan Carlos Jurado Jurado
El
mayor valor social y cultural que se confiere a los infantes como resultado de
la reconfiguración demográfica de la familia contemporánea. En ella el valor
social y cultural que se confiere a los infantes está en relación inversa con
su decreciente número, en familias predominantemente nucleares con pocos, muy
pocos hijos. Con respecto al tamaño de las familias, todavía se conserva la imagen
de una numerosa familia antioqueña que las estadísticas desmienten para la actualidad.
En este aspecto el salto ha sido bastante agresivo desde los años setenta, por lo
cual Colombia se ha erigido en el emblema latinoamericano del éxito de la
planificación familiar. Sólo para identificar la tendencia general, puede
decirse que de la familia extensa donde convivían tíos, abuelos y hasta primos,
cuya presencia pervive en los sectores populares de procedencia campesina, se
ha pasado a una familia nuclear predominante que idealiza y absorbe en las
figuras del padre, la madre y unos pocos hijos la socialización y la
afectividad del hogar.
En
Colombia, desde mediados de los años sesenta la fecundidad inició una curva declinante
que se estabilizó en los setenta con 25 nacimientos por cada mil. Ello supone que
las familias, y siendo más precisos las mujeres, han pasado de tener entre 4.5
y 5 hijos promedio, hacia 1973, a tener hacia 1985 sólo de 2.5 a 3 (Restrepo
1999: 76). En la actualidad las tendencias de procreación en las familias
medias urbanas y de clases acomodadas es mucho menor, llegando casi a
predominar el hijo único. La familia en su conjunto ha mermado su cantidad de
miembros, de modo que ha pasado de siete personas a cuatro y a tres, en los
casos del hijo único. El cambio ha sido sorprendente y bastante acelerado, principalmente
en las grandes metrópolis. Hasta hace poco los adultos decidían sobre los niños
de un modo mucho más espontáneo que ahora y, en general, estaban más
influenciados por sus propios pensamientos que por los de los niños, atendiendo
a una confesional y rígida moral donde el respeto y la obediencia a los adultos
era por sobre todo valorada. La desobediencia a los padres y abuelos era
duramente castigada en los hogares antioqueños hasta hace poco.
Desde
hace dos o tres décadas, los adultos se encuentran más influenciados por los niños,
se ponen en su lugar al tomar decisiones y al hacer una serie de
consideraciones, supuestamente psicológicas y educativas, para decidir sobre
ellos y “no hacerles daño”, o para no “traumatizarlos”, con lo cual han
moderado su poder sobre ellos, perdiendo rangos de autoridad y espontaneidad al
tratarlos.
Como
resultado de todas estas transformaciones los viejos patrones de autoridad familiar
que entronizaron a los abuelos y a los adultos en el centro del hogar se han
visto profundamente trastrocados, y los niños, entonces, se constituyen en los
nuevos “reyes del hogar”. Este cambio trascendental que afecta la familia y la
socialización urbana se percibe particularmente en su historia gráfica. Así lo
sugiere Armando Silva al estudiar una serie de 170 álbumes que configuran en un
hecho literario, cuyo narrador colectivo es la familia, su imagen propia a través
del tiempo. Uno de los aspectos más llamativos que muestra la historia del
álbum de familia es el desplazamiento de la representación de los adultos como
centro del hogar por parte de los hijos.
En
relación con lo anterior, recientemente se percibe que el lugar central,
afectivo y psicológico, logrado por los niños en las familias, se plasma
también al desplazar a los adultos y abuelos de su hegemonía de autoridad. Al parecer
el malestar familiar más evidente con respecto a los niños se muestra por la
vía de su capacidad para descentrar y desdibujar los códigos de autoridad del
mundo adulto, al cual acceden sin tapujos, pues los medios de comunicación
masivos los involucran rápidamente en él, sin las mediaciones que
tradicionalmente había previsto la familia para ello.
La
forma en que los nuevos dispositivos tecnoculturales, como la televisión y la internet,
reconfiguran las relaciones entre adultos e infantes, haciendo que en muchas prácticas
de la vida cotidiana éstos se encuentren profundamente inmiscuidos con los adultos,
recuerda a nuestra época, que hubo un tiempo, antes de la aparición de la moderna
noción de infancia (y aun de la escuela que ha contribuido a construirla), cuando
su familiaridad y su intimidad con el mundo de los adultos no era cuestionada,
ni problematizada por sus supuestas
consecuencias psicológicas y educativas sobre ellos.
Un
factor relacionado con la irrupción de los infantes en el escenario social
contemporáneo tiene que ver con los nuevos roles económicos y culturales de las
mujeres, lo cual ha retraído sus funciones de madres y educadoras de sus hijos.
Estas funciones han sido asumidas, en parte, por múltiples instituciones de atención
a la infancia en los años iniciales (0 a 6 años), dando lugar a la aparición de
un nuevo campo de acción para la educación, a partir de la década de los años
setenta, principalmente.
Los
nuevos roles sociales de la mujer, que a su tradicional papel de madre ha sumado
los de trabajadora y profesional, suponen la merma de hijos y el menor tiempo para
atenderlos como se dijo antes, y por consiguiente la prolongación de la
educación ya no en la escuela sino en una serie de organismos “preescolares”,
que asumen, prolongan y complementan las funciones de socialización que antes
eran monopolio de familias y madres.
La
extensión y aparición de instituciones educativas por debajo de la franja
establecida por la escuela tienen que ver con la manera como en el mundo
desarrollado se lograba, hacia la posguerra, ampliar la esperanza de vida de la
población y por ello era necesario retardar el ingreso de las nuevas
generaciones a la vida productiva, reteniéndolas en los aparatos educativos.
Los
jóvenes deberían ser retenidos durante un período más largo en las
instituciones educativas. La ampliación de los rangos de edad para la instrucción
no es nada más que una forma “inocente” de repartir el conocimiento social, sino
también, y principalmente, un mecanismo de control social y un dispositivo de
autorregulación vinculado a otras variables”.
Otro
de los factores que han contribuido a la visibilización de la infancia como
actor social en la época actual, es la reconfiguración que ha sufrido la
educación, convirtiéndose en una práctica cultural que compromete todos los
lugares y edades de las personas, y que ya no sólo es potestad exclusiva de la escuela.
La
visibilidad que logran los jóvenes y particularmente los jóvenes “menores” en
la sociedad contemporánea se posibilita a partir del discurso jurídico que
universaliza los Derechos Humanos, y bajo los cuales se los convierte en
sujetos de derecho para reglamentar su novedosa aparición en la escena pública
y sus relaciones con el orden social, por ser supuestamente merecedores de un
“trato especial”.
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